En este tiempo de observación interna me he enfermado de una forma inusitada, concluyo que estar absorta en mi persona me hace precipitarme sobre enfermedades más graves. Debuté con una infección maldita que me dejó mal, con picazón por todo el cuerpo y desvariando sin cesar. Al verme tan mal, mi progenitoria me exigió a visitar al galeno, quien me sirvió un abanico de pastillas, de esos que por dictámen universal estás obligado a beber con el estómago lleno. Los remedios incluso me terminaron inflando como globo. Pasados los días del tratamiento estaba la casa entera hedionda al olor de los remedios, además las persianas enrollables se impregnaron con el hedor. Al día siguiente me sentía más repuesta, incluso para escuchar a mi vieja y salir con Jaime, que por momentos se pone idiota. Un deber me tenía para el gato, ese día donde expondré mi control para los requerimientos. Guardo un poquito de buen ánimo, mientras tanto mi pololo me hace vítores y mi vieja no se pone a criticarme. No sé bien lo que pasará, no alcanzo a dimensionar qué ocurrió. Estoy tan acostumbrada a dejar cada instante de mi vida planeado, y en este momento estoy planeando sin restricciones, como un caballo salvaje. Quiero ir al campo, dialogar con mi abuelita. Pero eso no pasará hasta las vacaciones, pasado los exámenes. Pasado mañana requerí reunión con el médico, no aguardo excelentes informes. Me veo entrenada para enfermarme y no la sacaré gratis esta vez. Tengo consulta con el ginecólogo, me dirá si espero un tumor de 40 semanas, y sin lugar a dudas tendré la consulta de cada 12 meses.
viernes, 22 de febrero de 2013
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