viernes, 22 de marzo de 2013

Llenándome de aire

Detener la rutina no le haría mal a nadie, menos a mí. Llevo dos años trabajando, y considerando el tiempo en la U, haciendo de mesero o vendedor de retail, podría decirse que desde la básica que no me olvido de la ciudad. Tenía ganas de salir de vacaciones desde que entré a estudiar . Mis amigos ya habían salido del país, recorrido el sur en bicicleta, ellos tenían más plata. Mientras, tenía que juntar las lucas para los gastos de comienzo de año. Si me quedaba tiempo, partía a la playa, pero evadirse un par de noches no tienen gran efecto en un cuerpo cansado. Con trabajo tenía billete de sobra. Me fui de la casa, decidí compartir departamento con mi niña, y cada vez salía más el tema de arrancar de Santiago, por lo menos tres semanas. La idea era olvidar todo, arrancarse, no importaba dónde. Decidimos juntar un año una parte del sueldo cada uno, en un fondo común, y cotizar ofertas de viajes Pensamos en salir del país, que muchas veces es menos costoso que vacacionar aca Quería conocer lugares lejanos, países de lo más orientales, exóticos, raros. Yo quería ir a cualquier lado donde hubiese cerveza y mucho qué comer. Como el dinero jugaba en contra, viajar a Tailandia o Filipinas estaba fuera de las posibilidades, ni menos el Cristo Redentor o la Torre Eiffel. Aunque uno no lo crea, escapar de la ciudad no es difícil, no es necesario pasar días arriba de un avión para encontrar relajo. Pero alejarse de la ciudad no tiene porqué significar dejar de lado la comodidad. {Tuvimos suerte, primo tenía una finca en el sur|Un tío me ofreció su casa cerca de la selva|Un amigo me convidó a su casa en el sur.El lugar quedaba cerca de varios sectores turísticos. Además, permitía explorar toda la región, por estar al centro de todo. Alejandra quería estar un par de días y viajar más al sur, la cabaña serviría para descansar. Planificamos el viaje para el 30 de junio. Luego de un viaje agotador, llegamos a la cabaña. Retiramos las cortinas enrollables y admiramos el paisaje, el primer fin de semana de julio. El lugar era maravilloso, fue lo que dijo Alejandra. Había harta plata invertida en la casa. Las persianas para las ventanas eran automáticas y motorizadas, detectaban la luz y podían programarse. Me puse a jugar como niño chico con el control remoto, haciendo subir y bajar el roller, y después de conocerle los trucos, decidí configurarlas para abrirse a las 12 del día. Igual dejé el control remoto no muy lejos, por si dan ganas de seguir entre las sábanas

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